Conviene separar dos cosas que la palabra calidad mezcla. Una es la resolución: cuántos píxeles tiene la imagen. Esa se multiplica por dos o por tres, y es un problema resuelto. La otra es el detalle: la información que la cámara captó en su momento. Si una cara salió movida o el texto de un cartel ya era ilegible en el original, ningún modelo lo sabe, y lo que dibuje será una invención verosímil, no el dato real.
Por eso mejorar resolución de imagen funciona muy bien en lo que estaba nítido pero pequeño, y solo a medias en lo que ya estaba perdido. Una captura de pantalla, un logotipo, una ilustración o un escaneo enfocado son los casos donde la diferencia se nota de inmediato.